Nombre: Gastón
Ubicación: Miraflores, Lima, Peru

sábado, 30 de julio de 2005

Poesía en la Isla de Morgan

A modo de presentación:

Pasamos a otro lugar en un segundo piso (del callejón de La Isla de Morgan). Subimos por una escalera de madera que empezaba en una letrina donde un hombre vomitaba. Había un bombillo de color verde al final de la puerta. Los cuerpos se apilaban como bultos. El humo ocultaba sus rostros. Niños y adultos en una barra de carne apelmazada por el hedor. Algo llamó mi atención. Una niña, tal vez de once años, masturbaba a un sujeto sentado en una silla de madera. El tipo estaba sin camisa y tenía la bragueta abierta.

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Maritza, una prostituta, nos estaba esperando. Era una peladita de quince años a quien apodaban Betty Milagros porque una vez, en una traba, la Virgen del Carmen le dio el número con el que se ganó un chance de doscientos mil pesos. Después de eso, me contó Mickey Mouse, los indigentes comenzaron a ofrecerle dosis de droga a cambio de números para jugar, pero ella nunca aceptó. Alegaba que "quitarle la plata a la mamá de Dios para comprar basuco era un pecado muy hijueputa".

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Bety Milagros contó que al Mono le robaron una paca de yerba y que sabía quien había sido. Propuso que le cayéramos al mancito y que le metiéramos hartas puñaladas para que dejara de ser torcido. El Mono dijo que no, que el pillo estaba del lado de unos fulanos malucos y que mejor después se desquitaban. Mocoso lo respaldó porque el ladrón era muy grande y pateaba muy duro. Mejor, sugirió, luego lo cogían por ahí dormido, y enseñó un desentornillador debajo del pantalón. (Ninguno tenía más de 9 años).

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Setenta Por Ciento resultó ser un perro de raza indescifrable, tamaño mediano y bigotes retorcidos. Le decían así, concluí sin esfuerzos, porque le faltaban las orejas, el ojo izquierdo, y la mitad de las patas traseras. Su pedrigrí callejero parecía tan abultado que nada tenía de raro que el sabueso también fuera familiar de alguna rata gigante, a juzgar por su cola de alambre sin pelos, y su gusto incansable, según supe, por los vasos plásticos.

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De las otras heridas que llevaban por dentro, ninguno de los niños dijo nada. Y no es que no quisieran. Lo que pasaba, pienso ahora, es que su vocabulario era limitado y no lograban ponerle nombre a ese dolor dormido: Mascota, abuelo, casa, juguete, papá dios, triciclo, vacaciones, cosquillas, paseos, colegio, primos, mar, lápices de colores, columpio, dentista, carrusel, compota, fiesta de cumpleaños... eran palabras desconocidas, envolturas sin nada adentro. Su vida estaba cosida a expresiones como alcantarilla, basura, puñalada, sacol, patada, residencia, robo, basuco, escondite, alcohol, acera, odio, mierda, padrastro, golpiza, limosna, calabozo, disparo... parecía como si el mundo terminara en el contorno de esas palabras y no exixtiera nada más allá de ellas y de los objetos, sentimientos, actos, lugares y personas que éstas definían.

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Tomado de La Isla de Morgan, premio Casa de las Américas, género literatura testimonial 2003. Por José Alejandro Castaño Hoyos. Medellín, Colombia.

2 Comments:

Blogger Gastón said...

Iba a escribir la poesía encontrada en las paredes de la isla. Me ganó el tiempo. Luego cumplo la promesa.

12:30 p. m.  
Blogger Mary Red Rose said...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

1:12 p. m.  

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