No sabe no opina

Nombre: Gastón
Ubicación: Miraflores, Lima, Peru

martes, 4 de marzo de 2008

Gracias, maestro. Roll 1d20 for ST.

What's going on? A big hero die?
Something like that, kid.

The Order of the Stick #536

Bueno, eso reseñó el aurón a Roy, pero para mí, como para muchos de las personas que tengo el gusto de compartir la vida y que solemos llamarnos locos en conjunto, sí. Murió un héroe. Básicamente, un tipo que permite que varios de los que leen este humilde rincón, puedan entender el título de este post. Un dado de 20, un saving throw, una generación de estudiantes tocados.

Ha muerto Gary Gigax, el padre de los juegos de rol, credor de Dungeons and Dragons. Un humilde zapatero aficionado a la literatura de fantasía -se notaba que leía a Tolkien- decidió junto a Dave Arneson crear lo que sería no sólo una millonaria industria, si no la ventana y puerta de salida a otros mundos para millones de personas en todo el globo. PArticularmente para mí, la forma en la que conocí además a algunos de los más fieles y duraderos amigos que tengo.

Se agolpan las emociones, así que a manera de último adiós, de agradecimiento a la obra empezada hace más de 30 años, pondré traducido el apunte de Rich Burlew, autor de The Order of the Stick, apunte que corre en boca de Roy, es decir Hm M F16 LG AC:0

"Señor?, sé que no tengo el derecho para hablar por todos aquellos que han sido impactados por su vida, pero -bueno, al diablo- lo voy a hacer de todas maneras. GRACIAS... Gracias por cada guerrero uniclase, cada mago que debía memorizar sus hechizos al amanecer y, rayos!, cada caballero mujer elfo oscuro que portaba dos lanzas al lomo de un unicornio... Usted no nos creó, pero no existiríamos si no fuera por usted. Ninguno de nosotros podría... Nunca habrá nada como un buen grupo de aventureros, o exploradores de calabozos. Y claro, debe de haber muchísimos de nosotros que debimos usar más nuestro tiempo en nuestros empleos. Digamos, empleos normales, de esos de 9 a 5, donde usar los dados no son un tiempo deducible del horario... Aquellos de nosotros suficientemente afortunados para pasar tiempo derribando puertas a patadas o matando dragones como forma de vida estamos en deuda extra con usted."

Sí, creo que todos aquellos que crecimos alrededor de una mesa, papel y lápiz en la mano, rodeados de libros, que dedicamos tardes, noches y madrugadas a cabalgar de un lado a otro de los reinos olvidados, que participamos de la épica guerra de la lanza o que rescatamos a aquella bella princesa que sabíamos no existía más allá de la Character sheet, le estamos en deuda.

Sí, claro que debimos haber dedicado más tiempo a los estudios primero, a la familia, el trabajo después, a las novias, a los novios (también habían mujeres y muy buenas en esto). Pero bueno, fue la vida que nos tocó, la que elegimos. Y yo al menos, siento que fui feliz. Inmensamente feliz cuando recuerdo aquellas tardes cuando con la mochila llena de libros al hombro, nos reuniamos para sumergirnos en una aventura inimaginable, en el amplio espectro de la palabra.

Hace años que ya no juego. Mis libros permanecen cerrados en una caja en algún lugar de mi casa. El sábado, buscando un lapicero bueno para firmar como testigo en la boda de mi hermano, encontré uno de mis viejos dados de mi juego negro, un dado de 4. 1d4, daño de dagas, daño de 1 magic missile, puntos de vida para un mago de nivel 1, y tantos otros usos que mi memoria ha ido enterrando por conceptos más al uso como la fecha de vencimiento de mi tarjeta de crédito. Dicen que a eso también se le llama crecer.

A veces, con los amigos, pensábamos, cuándo te sentirías tú viejo. No sé, cuando tenga un hijo o me case, concluía la mayoría. No sé, yo creo que el día que muera el Chavo, concluímos al final, medio en serio medio en broma, sentiré que me he hecho finalmente viejo. Que nos hemos hecho adultos por fin. El final de una época. Yo crweo que ha sido hoy. Hoy se fue lo último que me quedaba de mi niñez.

Hoy, me siento particularmente viejo. Llámenme freak si quieren, hoy no importa.

Solo puedo poner, a su memoria, maestro. Se lo agradecen Thorbal, Therol, Khein, Emma&Faith, Ammethyst, Toscronicus, Tergym, Mararth, Noppo, Verdecito, el dragón blanco que murió cuando llegò la pizza, el ogro de buen corazón, las ofertas imbatibles de Stán y todos los miles de miles de guardias de ciudad, orcos sin nombre y magos de cliché que hicieron de esta, una experiencia inolvidable.

Por Gary Gigax (1938-2008)

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jueves, 31 de enero de 2008

Lima se lleva en la barriga (segunda parte)

¡A comerrr! Miguel "el Chato" Barraza

A pedido de los estómagos de la hinchada -y de los que tienen el estómago hinchado, que no deben ser pocos- aquí va la segunda parte del correo que me mandaron acerca de las maravillas culinarias de nuestra ciudad.

Como siempre, haré mi humilde aporte en cursivas por si algo me llama la atención. Y me voy, dejando una pregunta en el aire, arrepentido de tener que despedirme de tanto sitio por una temporada, mientras se me sanan las cañerías internas. Y tú, dónde has ido a comer últimamente?

Lima engorda (segunda parte)

Si es cierto que para comer buenas carnes hay que irse hasta Argentina, también es verdad queEl Hornero da la pelea honrosamente. Allí también La Carreta y El Rincón Gaucho (sí, todavíoa existe y sus olores me llevan a cuando tenía 5 años), aunque ninguna,ninguna se compara a las parillas que hacía Carlitos achicharrándose el estómago.

La mejor pasta que he comido fueron los tallarines verdesque preparaba mi madre pero, ahora sin ella, hay que ir a La Trattoria di Mambrino (nada, los fideos rojos de satrén que hace mi padre pasarán de genración en generación... no existe nada tan seco, ni el pan con galleta), lugar imperdible donde los dueños (Sandra y Hugo) atienden de maravillas (aunque Hugo no perderá la ocasión de hacerte brindar con un vino 'buenísimo' y caro (eso es una pendejada rayana en lo ilegal), no importa, los ravioles rellenos de camote justifican la cuenta). Donatello (en la Encalada) es un clásico y allí, Rosa María y Lalo, hacen pasar a sus clientes momentos extraordinarios con platos de antología. Sin
embargo, también hay otros lugares célebres como el San Seferino (san Cefe! donde los platos cobran vida y te saludan) o Don Vito (del cual huimos alguna vez mis amigos y yo en la adolescencia cuando vimos los precios y nuestras magras propinas no alcanzaban para ese lujo).

Si de Pizzas se trata, está el inolvidable, Don Rosalino, en la siempre socorrida y polémica 'calle de las Pizzas'; o, más de postín, se pueden probar las novedades de Antica o la deliciosa pizza 'al pesto' de La Linterna (la piza de galleta, es rica, pero necesitas muuuucha chicha para acabarla, jajaja) (junto con una fresca ensalada de berros).

Para visitar cafeterías también Lima tienen lo suyo. Mi favorita es el Café-Café, donde me siento como en mi casa y donde Alberto está siempre dispuesto a satisfacer a los molestos clientes (como
yo) con los platos que se nos antojan (estén o no en la carta). Después, tenemos La Baguette (por gracia de Lore, mis kilos de peso se los debo a sus quiches y "esas" galletitas"), con un pan delicioso, y La Bomboniere, con una canastilla de sanguchitos para el lonche que son un pecado. Ahora hay tantas y tan buenas que en la carrera de las cafeterías no se quedan muy atrás ni la San Antonio (el mil hoja de fresas con crema chantilly) ni Bocatta (sus helados), ni Delicass (sus desayunos), ni T'anta (con platos tan exquisitos que ellos podrían alegar que son un restaurante, o si no me remito a los anticuchos shuller o al lomo saltado).

Claro que si se trata de una exquisitez, de una rareza, de darse una molestia por algo singular, es imposible dejar de ir a comer los dulces incomparables (torta de profiteroles, relámpago de lúcuma) de Italo, allá, medio perdido, en Magdalena (sííí, quedaba por mi casa, el italiano mago de la crema chantilly) (en febrero no atiende). No sé si aún seguirá Lucho en San Miguel, una esquina cualquiera a dos cuadras del parque de la medialuna, pero la crema volteada de allí, servida por la incomparable Dorita, no tenía competencia.

Para sánguches, La Rueda (siempre que los prepare Zósimo -hay que decirle que somos recomendados 'de pepito'-) o El Peruanito en Miraflores o Macarios en Surco o el Palermo (donde también hay una leche asada muy buena, como las de antaño). Aguante, aquí faltan los sánguche de El Campesino, en Surco, que hace delivery; el Tejadita, que era (es) una puertita misia en Barranco, y por supuesto, La Pava, que cualquier cosa con salsa de acxeitunas y honey mustard queda de la PM y queda ademàs en la esquina de mi casa, jeje) La novedad es un lugar moderno llamado Pasquale Hermanos (pasé por allí y me comí un pan con chicharrón, pero aún está lejos del sabor de los de Mala; es que eso de 'sánguches medio gourmet' no me convence, es como comer pollo a la brasa con cubiertos de plata cuando todos sabemos que se disfrutan mejor apeándose, con la mano). Si le exijo a mi memoria, recordaré que los mejores sánguches que probé alguna vez fueron los de esa esquina en el Centro de Lima, cerca del jirón Quilca, donde iba con mi papá (diabético precavido) cada cuatro o seis meses a hacernos (y hacerse) exámenes de sangre con el doctor Ordoñez (el sánguche era el premio por la mañana de ayuno y el lugar tenía un encanto especial, siempre lleno, siempre apurados los que atendían en la barra, esa barra donde uno pedía y pagaba y comía acomodándose
donde pudiera teniendo de telón de fondo un mostrador donde se hallaban expuestos, con sus carnes doradas, docenas de pavos horneados, jugosos y listos para ser tasajeados por el sanguchero).

Aguanta de nuevo! Protesto, señor juez! Y el Queirolo, y los panes con jamón serrano y azúcar que sirven en El Cordano, con café con leche. Y el "pan con muerto" del mercado de Magdalena. LAs totstaditas con matequilla de El Haití? Hum, tendré que averiguar quién escribió esto y hacerle mi propia aventura culinaria.

Eso sí, si se trata de acompañar el sánguche de los más deliciosos jugos de frutas que jamás se han hecho en Lima, no se puede dejar de ir a Las Delicias a tomarse un celestial jugo de mandarina con granadilla acompañado de un sánguche de lomito con palta o a disfrutar un sánguche de pollo y mayonesa maridado con un juego de lúcuma bien frío.

Ah, ¡la lúcuma! Si algo tiene Lima que nadie más tiene, es una oferta interminable de helados de lúcuma, esa fruta sagrada que crece en el Perú y en el norte de Chile, esa fruta única, de sabor inconfundible y radical que solo acepta fanáticos irrecuperables como yo. Antes que cualquier otro, un helado D`Onofrio de lúcuma (que no tiene nada que ver con el sabor original de la fruta pero que es el gusto con el que crecimos todos los peruanos que asaltábamos la carretilla del heladero que pasaba por nuestras calles y parques haciendo sonar esa inconfundible bocina), y luego,
claro, podemos ir a una de esas heladerías maravillosas que hay en la ciudad. ¿Las mejores?, el Quatro D y Laritza. No obstante, es necesario dejar claro que nadie ha comido un verdadero helado de lúcuma si es que no ha pasado por el kilómetro sesentaitantos de la carretera al sur y ha parado en Chilca, junto a ese kiosquito que dice 'Helados> Ovni' (descubrí maravillado que los venden el Wong del Ovalo Gutiérrez!), tan deliciosos que solo pueden competir con el nostálgico zambito de lúcuma del TipTop (donde también es imprescindible comerse una tiptorella (media porción a 10 soles con 90) acompañada de un milshake de lúcuma).

En fin, Lima engorda, deliciosamente, pero> engorda.

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domingo, 6 de enero de 2008

Los Reyes

Los tres fulanos vestidos con púrpura de guardarropía y coronas de papel dorado, que a pesar de Santa Claus y del primer imbécil que lo trajo, de la modernidad, de las teleseries gringas, del ex ministro Solana, del nuevo look del Pepé y de toda la parafernalia, siguen saliendo a la calle cada seis de enero, con tres camellos y un par de cojones, constituyen la única causa monárquica a la que de verdad me adiero plena e incondicionalmente.
Arturo Pérez-Reverte, ¡Vivan los Reyes (magos)!


Nosotros siempre hemos celebrado la Navidad. O sea, nosotros como colectividad, y yo pensaba que ese nosotros nos incluía también la celebración de la Pascua de Reyes. Y ahora, a la edad, resulta que no. Que casi nadie celebra esa fiesta, que yo, como siempre la celebré con primos y hermanos y papás y todo eso, pensé que era de lo más normal.
Ya sabía que en España tienen la pésima costumbre (para los niños, claro) de dar los regalos de Navidad recién con la llegada de los Reyes, que es, técnicamente, cuando Melcho, Gaspar y Baltazar llegaron con sus ofrendas para el niño, el Dios y el rey... ahhh, por eso eran el oro, mirra e incienso, mira tú, todos los días se aprende algo nuevo. El tema es que muy bien, aquí no hay esa costumbre, pero igual ese día siempre se ponía un chocolate o algo en las botas que formaban parte del atiborrado set de adornos navideñois que hay en mi casa, donde parece que al trineo de papa noel lo hubiesen usado de coche-bomba para que estalle en mi sala.
El asunto, antes de desviarme más del tema, es que la celebración va cada vez más en desuso, al punto de que mucha gente no creía que en mi casa se celebra bajada de reyes. Cosa muy lógica si es que uno de niño prendía la tele y veía que todos los programas del medio día que le decían a las mamás como ser mejores mamás, se mataban haciendo postres y roscas de reyes y todo eso. Y yo pensaba, uuuy, cómo cambian los tiempos, si recuerdo a los abuelos contando que en las bajadas, la gente se reunía frente al nacimiento. El de mi mamama Bertha ocupaba una enorme parte de su sala, y toda la familia ponía un donativo para bajar al pesebre un camellito, un burro, un pastor o lo que sea. La costumbre se ha perdido y pensé que quedaba la otra. Pero ni eso.
He visto temprano una nota sobre los policías que hacen de Reyes Magos. Y allí están ellos, con sus túnicas de rayón y sus coronas de papel crepé brillantes, tratando de que la costumbre no se muera, aunquelos niños les preguntan para qué vienen si papa noel ya trajo los regalos.
Y me da pena pensar que todavía vienen porque ya no tienen a dónde ir.

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martes, 25 de diciembre de 2007

Chocolate, pavo y cuetes

Cuando miras atrás recuerdas a tu padre, a tu tío y a un par de vecinos adultos reunidos en torno a las cajas recién abiertas, cigarrillos humeantes en la boca, de rodillas en el suelo, montando el tren eléctrico con tanto entusiasmo como si se lo hubieran traído a ellos, y no a ti.
Arturo Pérez-Reverte (Trenes rigurosamente olvidados)
Y para mí, mas o menos, esos son los primeros recuerdos que tengo de la navidad. Es más, se parece bastante. Con mi tio y mi papá viendo cómo armar la pista de carritos de carrera -uno azul y otro naranja- que nos había regalado Papá Noel a mis hermanos y a mi. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Tanto que quizá pueda ser hace 25 años. Y ahora las cosas han cambiado un poco; pero de esos recuerdos guardo todavía la asociación de la navidad a tres olores básicos. Así como dicen que ceviche que no pica no es ceviche, para mí la navidad debe tener tres olores específicos, o no es navidad.
Primero, tiene que oler a pavo horneado. Eso sin discusión alguna. El calor de la coina para esa oportunidad en que el horno se queda prendido hgoras de horas. La carne que va soltando su juguito mientras tu madre te grita que te alejes, que te vas a quemar. O ya avanzando un poco en edad, que te vayas viendo si el bicho en cuestión ya está. Y luego, ahhh, el olor del ají colorado y la piel tostada del interfecto. Listo para ser cortado concienzudamente.
Segundo, es obligatorio que huela a chocolate caliente. No se si le pasará al resto, pero a mí, cuando se me ocurre preparar chocolate en agosto, que es cuando se debería preparar en realidad, el olor a canela y cacao o de lo que esté hecho el chocolate que viene misteriosamente en polvo ahora, hacen que se despierte el toribianito antes de tiempo. San José era un poco taba con sus gustos, lo que tenía que estar dulce era el chocolate, no la sopa, tío, a ver si no mezclamos receteas la próxima. Qué rico es el chocolate, humenate, en esas jarras gigantes con motivos navideños que más parecen macetas que tarros, pero que hacen que uno repita sólo una o máximo 2 veces de la olla.
Finalmente, el olor a pólvora. Sí, la pólvora, los cuetes siempre los he tenido asociados a la navidad, tanto, que en una de las primeras balaceras a las que fui, le comenté a Pantera, viejo fotógrafo, oye, huele como a Navidad, no? Pólvora, panterita, me dijo el viejo, y uno, claro, que ha crecido a salvo de todo eso jugando con su pelota en la pista, piensa, ah manya, pólvora. O sea cuetes.
En resumen, pavo, chocolate y pólvora. Y los últimos años la cosa se ponía difñicil con esto último, pero esta vez logré agenciarme unas cuantas "luces" y fuegos artificiales, conseguidos por la legal en una feria pirotécnica, también legal. Y allí estaba con mis hermanos, en la azotea del depa del G2, quemándonos los dedos con los malditos volcacillos que no encendían, y las baterías a las que no les encontrábamos la mecha.
Podría haber hablado de cosas tristes, de corte social y de mucho compromiso, pero esta vez no tenía muchas ganas. Todavía me queda algo del espíritu festivo. Y luego vendrán los hijos y los hijos de los hijos. Pobre de ellos que no quieran tomar chocolate con 30 grados de temperatura en diciembre.

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jueves, 6 de diciembre de 2007

Hola, tengo 30 años

No me preocupa que me echen de aquí,
por suerte siempre me he reído de mí.
Tengo la rabia intacta, y no la pienso perder,
sigo loco 30 años después.
La Casa en las Estrellas (Fito Páez)

Y este, señores, es mi post número 247. El último, calculo, que hago anteponiendo un dos a mi edad. Y es que en pocos días oficialmente pasaré a las filas de los treintaañeros, aunque algunos entusiastas me quieran consolar con eso de que en realidad cumplo "veintidiez"; y otros, menos entusiastas, aseguren que me sigo portando como si tuviera veinte. O diez.

Aquí estoy, más o menos donde creía encontrarme a estas alturas del partido. Porque siendo optimistas, cumplir los 30 es, digamos, llegar a la primera tercera parte de tu vida. Noventa? Sí, por eso digo que optimistas. Una primera etapa en donde uno se dedica a sembrar, y luego, en el umbral que me espera, empezar a cosechar lo que llevo a la espalda. Y saben qué, me muero por empezar la cochecha.

Tengo un trabajo que me gusta, en un lugar que me gusta, y que me ha proporcionado varios amigos con quienes disfruto de la vida. Conservo viejos amigos, y cuando digo viejos, me refiero a gente que conozco hace 15, 20 o más años. Hago las cosas que me gustan y me gustan las cosas que hago. Y eso tiene un cerro de ventajas. Ayer conversaba con mi gemelo malévolo -el me llama cariñosamente "hermano del mal"- y con Gokú sobre este tema de los treintones, y allí estamos pues, entrando toda la camada a la rica base tres y sacamos en claro algunas conclusiones.

A saber, como diría my evil twin, sigo teniendo 20 y estoy como la puta madre -él nunca ahorra epítetos-, con la salvedad, agregamos, de que ahora tenemos más prerrogativas que hace 10. Tener dinero en el bolsillo, por ejemplo, viajar o desaparecer un fin de semana y que todo siga en orden cuando regreses. Disfrutar de una relación sin que te suden las manos, sin gritar cielos, mis papàs, o sin tener que llamar para decir si podemos llegar un poquito más tarde, o sin sentir que el mundo se termina porque uno va a ser el papá en cuestión.

Recuerdo cuando hace diez, veía discotecas que permitían el ingreso sólo a partir de los 24 años. Yo pensaba, esto debe estar lleno de fósiles y gente en terno que se sienta a jugar dominó. Y no pués. La pachanga (de la vida), sería estúpido decir que recién comienza, pero entra en una etapa en la que ya podemos sentir tranquilos que sabemos cómo son los parroquianos, a quién se le sube el trago, y quién terminará con la cabeza metida el el water. Me encanta.

Obviamente no calificamos como modelos para un comercial de cerveza, con todos esos chiquillos bronceados y pelucones que apachurran a sus nenas ricas y apretaditas como si fueran la última porción de Colgate. Los de la pandilla 3 sabemos perfectamente que nuestras posibilidaes de ser el próximo Raymond Manco (que dicho sea de paso es casi de la mitad de nuestra edad) o empecemos una próspera carrera de rockeros, está diluyéndose cada vez más, a menos claro, que intentemos ser como los de Garbage, o una versión chola de los Rolling. Pero me estoy desviando del tema.

El asunto es que ahora elegimos voluntariamente cuando usar traje y corbata porque es así, y no al revés como hace una década, que nos sentimos bin vestidos en una reunión o una cena. Elegimos afeitarnos porque no nos queda ese aire de poeta maldito que no se encuentra así mismo, que tántos réditos nos diera en la universidad. O sea, cuando teníamos veinte y usábamos el jean roto con la camisa de franela a cuadros por encima del polo con zapatillaz o esas inmortales Airwalk que se pusieron de mosa y que tan cómodas eran, recuerdan.

La camisa se metió dentro de un jean de color entero y usas zapatos o botines, y dejas las zapatillas para la pichanga del fin de semana, en caso de que no seas de los que prefiere, ya no dormir la resaca asesina, sino simplemente quedarse en casa viendo tele, cocinando, o jugando cartas con los amigos mientras e abre un vinito. Sí, algunas prioridades cambian. Recuerdo hace diez, y es un tema recurrente en la conversación con mis amigos más viejos, cuando nos reuníamos los sábados a jugar, y teñíamos nuestras lenguas con gaseosa con sabor a chicle y llenábamos los estómagos con todos los chancay que nuestra pundonorosa chanchita pudiera comprar.

Porque las cosas cambian. Hay algunas cosas sin embargo a las que no me llego a acostumbrar. Como escuchar en una radio que van a pasar rock del recuerdo, y en vez de escuchar a Soda o Río o Frágil, me suelten una de Vilma Palma, cuando yo recuerdo clarito haber bailado con ellos en mi fiesta de promo... hace 13 años. Aceptémoslo, las cosas cambian y ese cuento de polystel ya no me lo creo; si hasta cambiaron la abuelita cuando a ella le empezaron a pasar los años.

Y ya tengo hasta canas, por Dios. Una cana artera y levantisca que apunta desde mi ceja derecha apareció hace algunas semanas, y allí está, sacándome la lengua cada mañana. Porqué no crece a ver, en la coronilla, donde ace rato que se me empieza a destejer la gorra y aparecen los primeros claros en ese otrora bosque negro y umbroso que era mi cabellera.

Pero todo anda bien. Gozo de razonable buena salud, aunque Lore insista en que me vea un médico cada vez que mi cuerpo intenta de convencerme de lo contrario. Los amigos que he llegado a juntar hasta el momento, son un puñado, lo sé, muchos ni se cnocen entre ellos, pero conforman una banda que estoy seguro, cerraría filas en cualquier momento, como que ya lo han hecho en varias oportunidades.

Este sábado, por supuesto, habrá pachanga. Nos mudamos de mi acostumbrado lugar en San Miguel (gracias, M!) a la casa cedida muy amablemente por mi querida familia política. Mi suegra ha decidido pasar a la inmortalidad sorprendiendo al respetable con ingentes cantidades whisqueras, algo a lo que inicialmente me opuse, porque el trago bueno le saca ronchas a más de uno, pero es un riesgo que cada uno debe correr.

A los que van, ya saben, me gusta el color azul y todavía no tengo auto (vamos, yo sé que pueden hacer el esfuerzo entre todos, jaja). Y nada más pues, podría escribir más, pero se me diluye la memoria.

Debe ser que me estoy haciendo viejo.

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jueves, 6 de setiembre de 2007

Viaje

Regresaba anoche a mi casa, en bus, con la cabeza recostada en el cristal del primer asiento que está del lado de la puerta. Iba escuchando música de lo más tranquilo, gente que sube, que baja, nada del otro mundo. Serían como las nueve de la noche. En eso la veo subir a ella. Vestía un sastre azul, un casacón encima, el cabello desordenado y marrón recogido en una cola, y los lentes colgándole sobre la nariz. Lucía bastante cansada.

No se cómo seguir, explicar el desconcierto o debo decir más bien sorpresa de verla allí, unos once o doce años después de la última vez que la había visto. Sentarse a mi lado con cara de tener todo el cansancio del mundo a esa hora de la noche. Hace un tiempo les conté que empiezo a tener una memoria pésima, pero que por alguna extraña razón conservo algo que califiqué de "archivos temporales de Internet", esos cajones de sastre llenos de sorpresa, que cuando uno menos lo espera hacen cling, hola, aquí estoy. Pues bueno, anoche fue una de esas veces. Me vinieron como de casualidad, colándose de a pocos entre la música que escuchaba y los carros de allí afuera, los días en que estaba en el colegio, con 15 años, y llegué a las cabinas de radio Omega.

Hacía muchos años que no pensaba siquiera en la radio, hoy ha desaparecido, pero, cosas de la vida, el año pasado fue a verme a mi casa el productor del programa escolar que teníamos. Se llama Víctor, me había visto en pantalla y quería proponerme unos asuntos. Hablamos, y mucho por supuesto, nos vimos unas tres o cuatro veces. Con él recuperé algunos de los recuerdos de aquellos días, cuando iba martes y jueves con mi chompa azul sobre el todavía existente uniforme único a la cabina, para grabar "Recreo en 660". Era un programa simpático, o al menos así lo recuerdo. Víctor lo conducía con un grupo de escolares pirañosos, que eran Patty y su hermana Marcela -que siempre seseaba, la mujer Z le decíamos-, Ilenana y yo, el único chico, el menor de todos, y el último en sumarme al programa.

Todo eso me acordaba mientras no me atrevía a mirar al costado a la chica del sastre azul. No estaba seguro de si la mujer que estaba hombro a hombro conmigo era ella. Qué iba a hacer, voltear, sonreir y decirle, hola extraña, no sé si serás tú, pero me haces acordar un montón a una amiga que no veo hace más de diez años. Habla, te llamas Ileana? Yo soy Gastón. Como el arte de recibir cachetadas se me da fatal, prefería callarme y tratar de descartar si era ella o no, antes de atreverme siquiera a voltear la cabeza. Una de las veces que conversé con Víctor, me dijo que se había encontrado con ella también unos meses antes, trabajando en una agencia del Banco de Crédito. Punto a favor, pensaba, ese parece el típico uniforme de oficinista bancaria.

La cara parecía la misma, me dije cuando lo del uniforme me hizo atreverme a voltear un segundo al momento en que el cobrador se aceró a pedir pasajes. Pero a Ileana la recordaba sonriendo, siempre pidiendo que pasen música de grupos mejicanos en el programa, llevando en su mochila las tareas para el día siguiente, que a veces hacíamos entre los comerciales. Víctor me había dado su número, pero por supuesto, nunca la había llamado. Era como repetir el diálogo de líneas arriba, pero por el hilo telefónico y a un número fijo. Demasiado para mi timidez escolar.

Pensaba incluso en la posibilidad de escribir esta historia, con un final que todavía no se daba. Qué le podía decir, qué hacer si no era ella. Trataba de escarbar algún otro dato en mi cabeza para ver si podía acertar en si era Ileana o no. Razonaba, que si había subido al mismo bus que yo, debía vivir en la ruta, aunque quizá fuera otra persona que viviera mucho más lejos que mi casa, porque la ruta acababa en Villa El Salvador, pero nunca se sabe. Recordé casi al mismo tiempo, que cuando Víctor se casó y nos invitó a su boda, mi papá dejó a Ileana, Marcela y Patty en sus respectivas casas. Recordaba que vivían cerca unas de otras, y la casa de las hermanas quedaba en una avenida sobre una tienda de bicicletas, y la de Ileana,estaba seguro, en Conquistadores. Si estaba en ese bus, había altas posibilidaes de que sea ella.

Pensaba si a lo mejor no era mejor dejarlo así. Con el recuerdo intacto; sin que la conversación con esa mujer en sus treinta, de semblante abatido por un día duro de trabajo pudiera estropear un recuerdo de mi niñez, que recién estrenaba. A lo mejor estaba casada y la esperaban sus hijos. Quizá se separó y odia a los hombres y más a los desconocidos que le hacen conversación en un bus. Tal vez, nunca se casó ni se enamoró y ahora vive sola en casa de sus padres. Cuántas histoiras podían haber en un recuerdo y en la cara de una desconocida. O es que era Ilena?

Qué miércoles, hoy es una noche tan buena como cualquier otra para que alguien me grite loco de mierda y se baje corriendo de un bus. La cosa es que sí, se bajó. No me gritó ni me dijo nada. En efecto, el bus paró en el Golf, a dos cuadras de la avenida Conquistadores .Nopuede ser,pensaba, son demasiadas coincidencias. Me quedé paralizado por todo el tiempo que estuve en el bus sin decir nada. Sólo giré para hablarle y ómo ya se puede adivinar a estas alturas, ella no estaba allí, sino bajando las escaleras. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, dos hubieran sido un escándalo. Me sonrió apenas mientras terminaba de bajar. No tengo idea de qué cara puse yo. Aún se quedó de pie en el paradero, mirando hacia el bus (o sería simplemente al frente)mientras esperaba a que el carro avanzara para poder cruzar la pista. Sí, estoy seguro de que iba a cruzar, no a tomar un segundo carro.

Quise voltear, decirle que sabía quién era, que me acordaba de las tardes de radio en uniforme único. Averiguar si ella sabía quién era yo. Me quedé mirando al frente. Quise por fin quitarme la última duda de ver si era ella, tratando de comprobar si es que cruzaba o no la pista. Miré hacia atrás, pero sólo encontré a muchas personas de pie que bloqueaban mi vista hacia el cristal de atrás por donde ella cruzaba. Estoy seguro de que cruzaba. Personas que no me dejaron ver y a quienes nunca había visto en toda mi vida.

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Primavera

Se hicieron largos los días/
y se ha hecho más fuerte el sol.
Se fueron las tardes frías/
y me levanto el sudor.
Raúl Romero.
Hoy salio el sol, en una ciudad de cielo gris como Lima. Normal nomás dirán algunos, pero así como en marzo suelo despertarme asomándome a la ventana para ver si ha llovido, en estas épocas sucede lo mismo pero al revés. O sea, miro por mi ventana y compruebo si es que ya alumbra. Algo que por otro lado, me sorprendió hoy porque el frío me despertó un par de veces esta madrugada.

Me pongo a pensar en mi última primavera y parece que hubieran pasado varios años y no 10 meses desde que acabara. Y cuántas cosas han pasado. Cuántas he aprendido y cuántas he ganado. Justo hoy veía unas fotos mías de hace un año y pensaba, asu, estoy igualito, incríble que haya pasado todo un año ya. Y ahí está el sol, tranqui, apareciéndose de nuevo. Dejaré de sacar casaca para regresar en las noches con lluvia a mi casa, y volveré a ver a Lore sacar sus polos de lycra de colores. Retomaremos nuestras salidas a "ver pasar la vida" apovechando que la tarde invita.

Todo esto provoca ver un rato salir el sol. Que no se acabe nunca.

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jueves, 30 de agosto de 2007

Lux in Tenebris

No he querido escribir sobre lo que me tocó ver en Ica apenas regresé de allá, por un simple ejercicio de higiene mental. Cualquier cosa que hubiese escrito los primeros días apenas regresado, habrían tenido enfermizamente repetidas palabras de las que no me quiero acordar. Como le decía a mi madre, que me preguntó porqué no llevé conmigo mi cámara viajera, hay recuerdos que simplemente no quiero tener.

A lo que iba, es que justamente el estar en Lima, y los contrastes con la destrucción allá (y eso que llegué a los 5 días, y no a Pisco) me hícieron ver la ciudad de manera diferente. Veamos. Con anterioridad, sólo había escuchado comentarios similares de personas que habían estado presas y luego se maravillaban de pequeños detalles. A mí me pasó lo mismo. Me refiero, y fue lo que me llamó más la atención, a salir de noche a una ciudad con luz. Y créanme, luz, igual que agua, significa vida.

La luz significa que hay parejas tomando café en una terraza en la calle, que los semáforos ordenan el tránsito, que los autos no són sólo monstruos ruidosos con dos bolas amarillas en la noche. Todo eso significa la luz ahora. Signific que hay ruido en las calles, alegría, la certeza -falsa- de que nada malo te podrá pasar ni que el mundo se te vendrá encima en cualquier momento, o más concretamente, no se abrirá a tus pies.

La primera impresión que me llevé del terremoto, no fue ver casas deshechas o gente durmiendo en las calles. Fue llegar al aeropuerto militar (donde me esperaba Lore para ser relevada) y ver que Pisco era un hoyo. Desde el cielo, sólo se adivinaba una negrura infinita a las nueve de la noche, salpicado por algunos puntitos naranjas, allí donde había un grupo electrógeno, trabajaba una cuadrilla de rescate, o enfocaba la lamparita de un camarógrafo.

En Ica, pese a que trabajaba casi siempre de día, cuando se iba el sol, la ciudad tomaba un cariz diferente, y con el equipo procurábamos ocuparnos de otras cosas. Nos íbamos, por ejemplo, al casco urbano de la ciudad, y como era de ladrillo, allí las casas no medían medio metro de alto, si no que sólo presentaban rajaduras y cristales rotos. Ese era nuestro refugio, circular bajo el amparo de la luz, aunque sea sólo en algunas pocas calles. Luego, si queríamos o podíamos, nos metíamos de nuevo en la boca del lobo.

Porque la oscuridad también significa silencio. A veces, avanzábamos en la camioneta convirtiéndonos en la única fuente de luz en cientos de metros con sus faros encendidos. Llegábamos a los callejones de la periferia de la ciudad (recuerden, Ica no se calló, pero lo pueblitos de afuera sí) ya veces nos cruzábamos con una patrulla del Ejército caminando entre las sombras, o despertábamos, con el ruido del motor, a alguien que antes de las nueve, ya dormía para despertarse a las seis con el solo sobre su cabeza alumbrándolo.

Es por eso que me maravillé al regresar a Lima. Aquí es como si nada hubiese pasado. La gente reía, caminaba y seguía con su vida; allí descubrí -frase posera aparte- que la luz es vida.

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jueves, 16 de agosto de 2007

Se fue

Acabo de revisar el blog de M en el Utero y vi esto.

Se me quieren salir las lágrimas.
http://uterodemarita.com/2007/08/16/esto-ya-no-existe/

Al menos la visité de niño. Cuánto dolor.

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